07 de Julio del 2014
La Avenida de los Volcanes
La Avenida de los Volcanes

Ecuador en Medios Internacionales

PEDRO CASES

Desde el Pichincha, el gran pico que domina la capital ecuatoriana, se divisan hasta 15 volcanes en días claros. El más alto del país es el Chimborazo, seguido por el Cotopaxi, nombres cargados de leyendas.

Un viaje en teleférico de poco más de 10 minutos de duración permite volar desde los 2.950 metros de altitud del barrio del Bosque de Quito hasta los 4.050 de la Cruz Loma, una de las crestas del macizo volcánico de Pichincha, dominado por las cimas del Rucu (viejo, en quechua) Pichincha, de 4.790 metros de altura, y del Guagua (niño) Pichincha, algo más bajo, pero, a diferencia del anterior, todavía activo.

Conforme se asciende, la capital de Ecuador se va desplegando bajo los pies a lo largo de una interminable y estrecha terraza de unos treinta kilómetros de longitud por unos cinco en su punto más ancho; un magma urbano abigarrado y caótico del que escapan hacia el cielo como fumarolas las torres de las iglesias y los conventos coloniales, los singulares edificios acristalados del barrio financiero y los modernos bloques residenciales, mientras la masa de casas bajas de los barrios pobres, pintadas en su mayoría de blanco, semeja un enorme rebaño de ovejas pastando en las laderas.

A través de los amplios ventanales de la cabina colgante se empiezan a ver las imponentes cumbres de numerosas montañas que, como columnas de capiteles nevados, parecen sostener la cúpula del cielo. Desde el techo de Quito se pueden divisar hasta 15 volcanes en los días despejados y luminosos. Hacia el norte, la mole del Cayambe, de 5.700 metros, se impone al Imbabura o al más lejano Cotacachi. Hacia el sur se despliega por el valle Central, encajada entre las cordilleras Oriental y Occidental, la que fuera bautizada por el berlinés Alexander von Humboldt en 1802 como la Avenida de los Volcanes.

La carretera Panamericana recorre el estrecho pasillo abierto por los Andes en la espina dorsal de Ecuador, avanzando entre fértiles valles, dispuestos de este a oeste, situados en cotas que van desde los 2.300 hasta los 3.000 metros. La cercanía del ecuador permite viajar entre palmeras y orquídeas, vegetación de tundra y glaciares en las alturas. Basta con dejar el valle atrás para encontrarse con una variada gama de ecosistemas, desde el subtropical hasta el ártico.

Lugar de aclimatación

A pocos kilómetros de la capital surge el Pasochoa, el volcán más bajo de la avenida, de 4.200 metros, utilizado frecuentemente por caminantes y escaladores como lugar de aclimatación a la altura. En su caldera erosionada y abierta permanece inalterado uno de los últimos reductos del bosque endémico andino, con especies arbóreas como elquishuar o el polylepys y bellos arbustos y plantas como la chuquiragua, la bromelia y la orquídea, cuyo néctar alimenta a los diminutos y nerviosos colibríes; un espacio único sobrevolado ocasionalmente por alguna de las 114 parejas de cóndores que quedan en Ecuador y en el que se puede llegar a intuir la presencia del puma.

Hacia el sureste, como robustos guardaespaldas rayanos en los 5.000 metros de altura, se yerguen el Rumiñahui, bautizado con el nombre del capitán de Atahualpa que guerreó contra los colonizadores españoles, y el Sincholagua, prácticamente unido por una cadena montañosa al colosal Antisana, de 5.758 metros, cubierto por un manto de nieve eterna. En la cordillera opuesta descuellan los perfiles sensuales del Atacazo, tras el que se esconden el Ninahuilca, todavía vivo, y el Corazón.

Pronto, todos estos titanes parecen encogerse ante la escalofriante presencia del Cotopaxi, una mole cónica perfecta de más de 5.900 metros de altura, con una base de 15 kilómetros de diámetro, asentada en medio de una llanura inmensa y coronada por una espectacular bufanda de hielo que, sin embargo, empieza a mostrar ya las feas heridas infligidas por un rápido deshielo, consecuencia del calentamiento global de la Tierra. Bajo sus faldas se cobija, protegido como parque nacional, un paisaje sobrecogedor, una tundra barrida casi permanentemente por un viento gélido, cicatero en oxígeno y en ocasiones pestilente, cargado con los efluvios sulfurosos que emanan de la boca del viejo dios de los quichuas.

A 3.800 metros de altitud, la laguna de Limpiopungo suaviza el rigor del paisaje, alojando en sus riberas a un numeroso grupo de aves acuáticas, como fochas, chorlitos, avefrías o gaviotas andinas, y reflejando en la superficie clara de sus aguas la imagen invertida del volcán, la segunda cima de Ecuador. Al otro lado de la Panamericana se aprecian las empinadas agujas nevadas de la doble cumbre del Illiniza, de 5.263 metros de altura.

Saltos de agua

A unos 180 kilómetros al sur de Quito, tras dejar atrás las ciudades de Latacunga, lugar de desvío para quienes viajan al lago Quilotoa, un cráter anegado hundido en una depresión de más de 350 metros de profundidad, y Ambato, donde todos los lunes se celebra el mayor mercado de Ecuador, se encuentra la bella localidad de Baños, ubicada a los pies del Tungurahua, de más de 5.000 metros de altura.

La actividad del volcán, que obliga a puntuales desalojos de las poblaciones cercanas, proporciona a este pueblo generosos manantiales de aguas termales que, junto a su peculiar clima subtropical, lo han convertido en un destino turístico de primer orden. Ubicado entre los parques nacionales de Sangay, patrimonio de la humanidad, y Llanganates, es un corredor biológico por el que siguiendo el río Pastaza se llega a la selva amazónica.

En las cercanías de Baños, en cuyo centro urbano brota una cascada de 30 metros de longitud, y a lo largo de la cuenca de este río y sus afluentes hay no menos de 50 saltos de agua, algunos tan impresionantes como el del Pailón del Diablo o Río Verde, con una caída de unos 100 metros. Desde Baños, se ve hacia el sur el Altar, de 5.319 metros, ribeteado por sus siete picos: el Obispo, el Canónigo, el Fraile Grande, el Fraile Chico, la Monja Grande, la Monja Chica y el Tabernáculo, y hacia el oeste, flanqueado por el próximo Carihuairazo, cierra el horizonte la silueta amazacotada del Chimborazo, la cumbre más alta de Ecuador, con 6.310 metros.

Este gigante marca el límite de la Avenida de los Volcanes, una tierra mítica en la que, según la leyenda indígena, el Chimborazo y el Cotopaxi pelearon durante años con erupciones constantes por el amor de la bella Tungurahua. Ganó el primero, y fruto de aquella victoria nació el Guagua Pichincha, por eso ahora, insisten los quechuas, cuando el niño llora o tiembla, la madre le responde.
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